Hay tradiciones que sobreviven porque cada generación encuentra una manera de hacerlas suyas. El portal de Belén es una de ellas. Su historia en España no puede explicarse únicamente a través de la religión, ni tampoco atribuirse a un solo rey o a una fecha concreta. Es el resultado de un largo proceso en el que participaron comunidades religiosas, escultores, familias aristocráticas, artesanos y, finalmente, miles de hogares.
Lo que empezó como una representación destinada a recordar el nacimiento de Jesús terminó convirtiéndose en una expresión artística capaz de reproducir paisajes, edificios, vestimentas, oficios y escenas de la vida cotidiana.
Los primeros nacimientos: una tradición que llegó de la Edad Media
Para comprender el desarrollo del belenismo español debemos retroceder hasta la Europa medieval.
En 1223, Francisco de Asís promovió en Greccio, Italia, una celebración de la Navidad que incorporaba elementos materiales y animales para evocar el nacimiento de Jesús. Aquella representación se convirtió con el tiempo en uno de los grandes referentes históricos del belenismo.
Sin embargo, la devoción por la Natividad existía mucho antes. El acontecimiento de Greccio fue importante para su difusión, pero no debe confundirse con la creación de todos los modelos de belén que conocemos actualmente.
En España, las comunidades religiosas desempeñaron un papel fundamental en la transmisión de esta costumbre. Iglesias, monasterios y conventos fueron espacios donde las escenas del nacimiento adquirieron progresivamente una dimensión escultórica y narrativa.
Entre los testimonios históricos destaca el llamado Belén de Jesús, conservado en la iglesia de la Anunciación de Palma de Mallorca y fechado a finales del siglo XV, considerado el nacimiento histórico más antiguo de España que continúa en uso.
También existen referencias anteriores a imágenes del Misterio. En la Catedral de Valencia, por ejemplo, está documentada la renovación de figuras destinadas a las celebraciones navideñas en 1468.
Todo ello demuestra que la presencia de nacimientos en territorio español precede ampliamente a la llegada de Carlos III al trono.
Del monasterio al palacio
Durante los siglos XVI y XVII, la representación del nacimiento comenzó a ocupar un lugar destacado fuera de los edificios religiosos.
Algunas familias nobles incorporaron nacimientos a sus oratorios y capillas particulares. En 1576, el duque de Medina Sidonia encargó un belén para la capilla de su palacio de Sanlúcar de Barrameda. En aquel entorno familiar ya existía la costumbre de montar un nacimiento desmontable.
Este tipo de encargos revela una transformación importante. Las figuras no eran únicamente elementos de devoción, sino también obras apreciadas por su ejecución artística, sus materiales y la capacidad de representar una historia.
La escultura española del Barroco contribuyó decisivamente al desarrollo de estos conjuntos. Las escenas adquirieron expresividad, riqueza cromática y un creciente interés por las actitudes humanas.
El nacimiento empezaba a convertirse en un pequeño universo.
Carlos III y el esplendor de los belenes cortesanos
La segunda mitad del siglo XVIII marcó una etapa decisiva.
Carlos III había gobernado Nápoles antes de convertirse en rey de España en 1759. Allí conoció una tradición belenista especialmente elaborada, caracterizada por sus figuras de gran calidad, sus complejas escenografías y la presencia de numerosos personajes populares.
Durante su reinado en España, el gusto por aquellos nacimientos recibió un notable impulso en la corte.
Uno de los conjuntos más representativos es el Belén del Príncipe, vinculado al futuro Carlos IV. Su historia está relacionada con los belenes napolitanos y con la incorporación de figuras y elementos realizados por artistas españoles.
El belén cortesano podía convertirse en una verdadera ciudad en miniatura. Alrededor de la escena religiosa aparecían músicos, vendedores, trabajadores, animales, mercados y edificios.
Resulta especialmente interesante observar cómo el nacimiento de Jesús convivía con representaciones de la sociedad del siglo XVIII. No se pretendía reconstruir arqueológicamente la Palestina antigua, sino trasladar el relato religioso a un escenario comprensible para quienes contemplaban la obra.
Carlos III no introdujo el belén por primera vez en España, como a veces se afirma. Su importancia reside en haber favorecido una etapa de gran prestigio y difusión de esta práctica entre las élites.

Francisco Salzillo: el paisaje y las gentes de España entran en el belén
Mientras la corte admiraba las composiciones napolitanas, en Murcia se desarrollaba una de las obras fundamentales del belenismo español.
En 1776, el noble Jesualdo Riquelme encargó a Francisco Salzillo un conjunto dedicado al nacimiento y a diferentes episodios de la infancia de Jesús.
El escultor trabajó en él durante los últimos años de su vida. Tras su fallecimiento en 1783, la obra fue continuada por su discípulo Roque López y su taller, hasta concluirse en 1800.
El Belén de Salzillo destaca por la expresividad de sus personajes, la calidad del modelado y la riqueza de las policromías. Pero también por un aspecto especialmente revelador: su cercanía al mundo rural español.
Los pastores, los animales, los trabajos del campo y los elementos arquitectónicos permiten descubrir las costumbres de su época.
El belén dejaba de mostrar exclusivamente personajes bíblicos para ofrecer también un testimonio de la sociedad que lo había creado.

El siglo XIX: el nacimiento entra en las casas
La auténtica expansión del belén doméstico se produjo durante el siglo XIX.
La fabricación de figuras destinadas a un público más amplio facilitó que numerosas familias pudieran construir sus propios nacimientos.
No todos necesitaban disponer de grandes colecciones ni contratar escultores especializados. Bastaban unas figuras, materiales naturales y un espacio donde componer la escena.
El tamaño y la complejidad del belén dependían de las posibilidades de cada hogar.
Junto al Misterio comenzaron a multiplicarse los pastores, animales, molinos, fuentes, pequeños puentes y construcciones populares. Los escenarios incorporaban cada vez más elementos de los paisajes conocidos por sus autores.
La tradición se transmitía dentro de las familias. El montaje adquirió así una dimensión que iba más allá de su significado religioso: se convirtió también en una actividad compartida, vinculada a los recuerdos y a la celebración doméstica de la Navidad.
Una tradición, muchas maneras de representarla
Hablar del belén español como si respondiera a un único modelo sería ignorar buena parte de su riqueza.
En Murcia, el trabajo con barro y la producción artesanal de figuras alcanzaron una enorme importancia.
En Cataluña, la tradición del pesebre desarrolló una identidad propia, con figuras populares, paisajes reconocibles y una intensa actividad belenista.
En Olot, la producción de imaginería religiosa y figuras de nacimiento adquirió una destacada dimensión artesanal.
Andalucía, la Comunidad Valenciana y otros territorios también han desarrollado talleres, escultores, asociaciones y formas particulares de interpretar las escenas navideñas.
Existen belenes de inspiración histórica, otros profundamente populares, representaciones monumentales y pequeños dioramas concebidos para ser observados desde un único punto de vista.
Esa diversidad constituye uno de los aspectos más valiosos de la tradición: cada territorio y cada artesano han aportado formas distintas de construir y contar una misma historia.

Del siglo XX a nuestros días: conservar y reinventar
Durante el siglo XX, el desarrollo del asociacionismo belenista contribuyó a la conservación y difusión de esta actividad.
Las exposiciones, los concursos, los talleres de formación y los museos permitieron compartir conocimientos técnicos y acercar las obras a públicos cada vez más amplios.
La perspectiva, la iluminación, el tratamiento del paisaje, la arquitectura en miniatura y la creación de figuras se convirtieron en campos de especialización artística.
Actualmente, muchos belenistas combinan procedimientos tradicionales con materiales y herramientas contemporáneos. Pero la esencia continúa siendo reconocible: construir un escenario capaz de transmitir una historia mediante figuras, espacios y detalles.
El 14 de junio de 2022, el Gobierno de España declaró oficialmente el belenismo Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, mediante el Real Decreto 481/2022, publicado al día siguiente.
El reconocimiento valora no solo el componente religioso, sino también los oficios artesanales, los conocimientos transmitidos entre generaciones, el asociacionismo y su aportación a la cultura popular.
Mucho más que una escena de Navidad
La historia del portal de Belén en España es también la historia de quienes lo han mantenido vivo.
Los religiosos que difundieron sus representaciones. Los escultores que dieron personalidad a las figuras. Las familias que comenzaron a montarlo en sus casas. Los artesanos que transmitieron sus técnicas y los aficionados que continúan dedicando innumerables horas a cada pequeño detalle.
Cada belén conserva algo de ese recorrido.
Porque detrás de una montaña de corcho, una casa construida a mano o una figura de barro hay algo más que una decoración navideña.
Hay siglos de historia, arte y memoria compartida.
El Belén de Vicente Carrascosa